NEGRO
septiembre 5, 2010
Como cada domingo por la mañana, se despertó con el pulso alterado. Llena de expectación fue a buscar el periódico al buzón, aún en bata y zapatillas, aún era pronto para que hubiera movimiento en la escalera.
Abrió el periódico más o menos por el centro, hojeó un poco hacia atrás, luego otro poco hacia adelante, hasta que encontró lo que buscaba.
NECROLÓGICAS
Juan Matute Llagado, muerto a los 87 años, sus hijos, nietos…
Adrián Rajón Misuera, muerto a los 17 años, sus padres, hermanos y amigos… pobre chaval.
María Teresa Ortiz Luján, muerta a los 98 años, sus desconsolados hijos, nietos…
Heinz Schmidt, muerto a los 59 años, su mujer, hijos…
Heinz Schmidt, director general de la empresa Schmidt S.A., la empresa…
Miriam Ansón Ginés, muerta a los 47 años, su desconsolado marido, hijos… ¡ésta! Definitivamente. Ésta era la buena.
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“He sabido de tu pérdida”. Él levantaba los ojos y se encontraba con la mirada de ella. Comprendía que esa mujer a la que no había visto nunca conocía perfectamente su estado de ánimo. “Gracias” e inmediatamente se sentía cálidamente confortado.
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Así era la situación que ella había imaginado mil veces. Cada vez que leía una esquela en el periódico, cada domingo por la mañana. Cada vez que elegía una, invariablemente de una mujer entre los 45 y los 55 años. Cada vez que se vestía para ir a un entierro, las medias negras, la falda negra, la blusa negra, los zapatos brillantes negros. Cada vez que iba a un entierro. Seria, compungida, con los ojos secos. Dirigiendo sus pasos hacia él. Siempre había un él.
Pero allí, ante ese hombre serio, de ojos, aunque secos, enrojecidos, no pudo más que balbucear un discurso incoherente que, por mucho que intentara, no podía parar. Las palabras salían de su boca sin pasar por ningún filtro, sin que nada ni nadie las parara, le tapara a ella la boca, le hiciera el favor, por favor, por favor ¿es que nadie puede ver que necesito que me paren esta diarrea verbal? La mirada de él, dolida, herida, pero que aún podía defenderse de su intromisión con una frialdad atroz.
Se fue, dejándola a ella con sus balbuceos, sus incoherencias, sus faltas de tacto, su locura no sabía si transitoria, hasta que, libre del embrujo de ese hombre, ella fue enmudeciendo, poco a poco. Ella también se volvió y se fue, en dirección contraria, diciéndose a sí misma “si es que estas cosas solo pasan en las novelas”.
Pero las novelas no acaban todas igual y a ella la historia, una vez tras otra, un domingo tras otro, cual si fuera una interminable repetición del mismo día, sí.
